Probiótico, digestivo y bajo en grasas saturadas, el queso de cabra es uno de los más saludables de la dieta mediterránea. Su versatilidad es ampliamente conocida, maridando bien con frutas, pastas, ensaladas y otros preparados, en cualquiera de sus formatos (crema de queso de cabra, de pasta blanda, etcétera).
Por un lado, este queso no perjudica a los intolerantes a la lactosa. Se estima que siete de cada diez personas en el mundo padece este trastorno, causado por un rechazo de la caseína. La leche de cabra posee esta proteína en cantidades menores que la de vaca, siendo apta para su consumo entre los afectados de intolerancia a la lactosa.
Las cualidades probióticas y prebióticas de los alimentos son cada vez más apreciadas. Si bien todos los quesos cumplen esta función, el de cabra contiene un tipo de oligosacárido que beneficia a la microbiota intestinal y previene los problemas digestivos.
Gracias a su escasez de grasas saturadas, el menor tamaño de sus glóbulos grasos y otras características, el queso caprino ha demostrado ser un aliado de la digestión. Las personas con complicaciones gastrointestinales encontrarán razones de peso para consumir este queso frente a otros.
Este producto quesero sorprende también por su contenido nutricional. Incluir una ración de queso de cabra en el menú diario permite obtener vitaminas del grupo A, B y D, además de potasio, hierro, fósforo, selenio y por supuesto, calcio.
Así, los afectados de anemia encuentran una razón de peso para ingerir este queso. Su alto contenido en hierro ayuda a suplir la falta de este mineral y a combatir esta enfermedad.
A diferencia de otros quesos, el de cabra posee una cantidad ínfima de ácidos grasos saturados. Como resultado, es un ingrediente común en las dietas keto, paleo, sin gluten y light, aunque este alimento en sí no adelgaza y debe acompañarse de un estilo de vida saludable.